La herida del lenguaje. Estudio sobre las implicaciones y presupuestos corporales de nuestras formas de hablar

Este trabajo examina la violencia del lenguaje desde una perspectiva filosófica que pone en cuestión la separación habitual entre lo simbólico y lo corporal. La tesis sostiene que determinadas formas de habla no solo producen efectos psicológicos o emocionales, sino que pueden herir de manera propiamente corporal, alterando la forma en que el cuerpo vive, se orienta y actúa en el mundo. El objetivo central es ofrecer un marco conceptual que permita comprender cómo el lenguaje puede constituirse como una forma de violencia encarnada, sin reducirla ni al golpe físico ni a la mera susceptibilidad individual. En un primer momento, la investigación analiza los marcos normativos y epistémicos que condicionan el reconocimiento del daño. A partir de autoras como Judith Butler y Miranda Fricker, se muestra que no toda herida es inmediatamente visible o inteligible: existen formas de sufrimiento que quedan excluidas de los esquemas dominantes de reconocimiento y que, por ello, no llegan a ser plenamente percibidas como violencia. La distinción entre “aprehensión” y “reconocimiento” permite explicar cómo ciertos daños pueden ser experimentados de manera confusa o fragmentaria sin encontrar todavía un lugar conceptual o social desde el que ser nombrados. Esta ceguera estructural no es accidental, sino que está ligada a relaciones de poder que organizan la percepción y delimitan qué vidas y qué experiencias cuentan como relevantes. En un segundo momento, la tesis aborda críticamente las posiciones escépticas que niegan que el lenguaje pueda ser violento en sentido estricto. Estas perspectivas tienden a reducir el daño lingüístico a una cuestión de ofensa subjetiva o de efectos psicológicos dependientes del receptor. Frente a ello, el trabajo recurre a la teoría de los actos de habla y a las nociones de interpelación y sedimentación histórica del lenguaje para mostrar que ciertas palabras actúan con una fuerza que no se agota en la reacción individual. El lenguaje porta memorias sociales, jerarquías y normas que preceden al hablante y que explican por qué el daño no puede entenderse como un simple malentendido o como una hipersensibilidad privada. El tercer eje desarrolla una fenomenología de la herida lingüística. A partir de la distinción entre cuerpo vivido (Leib) y cuerpo físico (Körper), se argumenta que la violencia del lenguaje no se inscribe necesariamente en la piel, sino en el esquema corporal, en los hábitos y en las posibilidades prácticas del sujeto. Las palabras pueden modificar la postura, la orientación y el “yo puedo” del cuerpo, contrayendo el espacio de acción y dejando una huella duradera en la memoria corporal. De este modo, la tesis concluye que la violencia lingüística debe ser pensada como una forma de violencia encarnada que afecta a la vida corporal misma, y no como un fenómeno meramente simbólico o secundario respecto de la violencia física.