El proceso de Olavide. Los juegos de manos de Miguel de la Pinta

El estudioso de la Inquisición Miguel de la Pinta Llorente no dice nada de la ceguera, el rigor y la responsabilidad del Santo Oficio en el proceso de Pablo de Olavide. La culpa la tenían o bien los testigos que declaraban de oídas o bien el capuchino alemán resentido en su amor propio o bien la envidia de la aristocracia sevillana o bien la lengua un poco suelta del Intendente. Olvida premeditadamente el procedimiento de la delación dirigida, el ingreso en las cárceles secretas, la confiscación de bienes y la angustia de familiares y amigos. Tampoco se pronuncia sobre la falta de garantías procesales, pues los acusados ignoran la identidad de los acusadores y a los llamados a testimoniar ante los jueces se les impone silencio previo al acto. El trato tan exquisito del que presume Miguel de la Pinta se desmorona al verificar la humillación y la tortura moral del reo en el momento en que entró en la sala de la Inquisición de corte.

Ediciones Trea