La salud mental de los adolescentes es una cuestión de preocupación a nivel mundial, dada la alta prevalencia de trastornos mentales y sus consecuencias negativas en el bienestar y desarrollo de las nuevas generaciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) (2021) advierte que uno de cada siete adolescentes sufre trastornos mentales, agravados por la pandemia. La falta de atención puede afectar su salud a largo plazo. Se necesitan programas de intervención en entornos como las escuelas, liderados por enfermeras de salud mental. Es crucial aumentar la investigación y evaluar intervenciones para reducir el estigma y evitar la cronicidad de los trastornos (1). Según la OMS (2021), uno de cada siete jóvenes de 10 a 19 años padece algún tipo de trastorno mental. La depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad entre los adolescentes en la actualidad. Tras la pandemia, esta población en edades de desarrollo ha experimentado dificultades y han acabado sufriendo efectos negativos en su salud mental. En los últimos años, se ha observado un aumento de las autolesiones no suicidas entre los adolescentes. Desde la OMS se han propuesto como prioridad la promoción de la salud mental de los niños y adolescentes (1,2). La adolescencia es una fase crucial de desarrollo, donde se experimentan cambios físicos, emocionales y sociales. Durante este tiempo, adquieren habilidades fundamentales para su correcto desarrollo: como hábitos de sueño saludables, ejercicio regular, relaciones interpersonales sanas y gestión emocional, lo que requiere un entorno seguro y de apoyo en la familia, la escuela y la comunidad. Se ha destacado la importancia de abordar los trastornos mentales en etapas tempranas de la vida, como la infancia y la adolescencia. La detección temprana y la intervención precoz pueden prevenir la aparición de problemas más graves en el futuro y mejorar el pronóstico a largo plazo de los adolescentes afectados.










