En 1999, el fotógrafo Nic Dunlop se internó en un poblado de la región de Samlaut en Camboya, un país rural que acababa de librarse del riesgo de un retorno de los Jemeres Rojos, responsables de la muerte de más de un cuarto de su población en poco más de tres años (1975-1978). Apenas se cumplía un año de la desaparición de Pol Pot (Hermano Número Uno) y era muy reciente el abandono de la lucha por los más recalcitrantes dirigentes revolucionarios, quienes gozaban de privilegios, cuando no de amnistías otorgadas por el monarca. Ataviado con una camiseta blanca con las iniciales de la ong norteamericana con la que colaboraba (ArC, American Refugee Committee), un hombre salió al paso de Dunlop: figura menuda, dientes desgastados, orejas puntiagudas que revelaban su ascendencia china. El fotógrafo jamás había visto en persona a ese individuo, pero llevaba con él desde tiempo atrás una fotografía tomada en algún momento entre 1976 y 1978 de un hombre algo más joven, pero idénticos rasgos. En esa instantánea, el hombre se dirigía a través de un micrófono y con indisimulado entusiasmo a un auditorio (fig. 1). Dunlop no dudó un instante: el hombre que le sonreía, un cristiano converso que se hacía llamar Hang Pin, no era en realidad sino uno de los criminales más buscados del Sudeste Asiático, el responsable del aparato de represión de Kampuchea Democrática, responsable directo de la ejecución de entre 17.000 y 20.000 personas en el centro de detención y tortura denominado S-21; una siniestra prisión ubicada en lo que había sido una escuela.
Sánchez-Biosca, Vicente. "Fais énergiquement ta longue et lourde tâche". El perpetrador ante sus espejos. En: Pasajes: Revista de pensamiento contemporáneo, 58 2019: 81-97










