Pieza fundamental del cine británico de la década de los años setenta del pasado siglo y durante mucho tiempo poco apreciada en su país, la trilogía de Bill Douglas convierte la durísima infancia y adolescencia de su autor en imágenes imperecederas mediante un ejercicio en el que, siguiendo la estela de Chejov, la memoria es filtrada a través de un cedazo para que solo permanezca lo esencial en el recuerdo. Tres pequeños grandes filmes que nos hacen transitar a través de una sensibilidad a flor de piel que se expresa en un arte alquímico de la imagen en el que se coagula una terrible experiencia familiar y social transmutándola con intensidad, simplicidad y violencia.











